Hay algunas estrofas del Himno Nacional Argentino que casi nadie canta porque las recortaron por extensión. Son de 1813 y hablan de invasores, de fieras que devoran a todo pueblo que logran rendir. Tres años antes, un 25 de mayo, al virrey Cisneros lo rajaron del cabildo los representantes del pueblo argentino.
Una querida amiga, uruguaya hasta la médula, en una de sus ráfagas culturales donde me cuenta cosas, me envió un cuplé de Doña Bastarda que tuvo el honor de ser declarado no apto para todo público por “promover la violencia verbal psicológica con amenazas físicas”. Porque de pronto el arte es más peligroso que una ojiva nuclear.
Pero antes de la dosis musico-teatral de realidad y crudeza, un Artigas personificado empieza preguntándole al público: qué harían por su patria. Artigas, un uruguayo que le puso el pecho a nuestra patria también. Como sus compatriotas que hoy predican su cultura junto un argentino que se pone el folclore al lomo y que le bastó eso pa’ hacerse infame entre un grupo de alienados.
Pienso que nos olvidamos de que esa también es una forma de hacer patria y es más fácil tirar abajo cuando otro lo hace. Pero, ¿y nosotros? ¿Qué hacemos por la nuestra?
El problema con los textos perdurables es que uno los abre esperando historia y encuentra el diario de hoy. Se los cita para conmemorar y se termina señalando. Esos clásicos tienen esa insolencia de no envejecer y, para colmo, saber esperar.
A nosotros nos gusta joder con que el himno empieza diciendo Oíd, mortales como si estuviéramos convocando al universo. Y en cierto modo, sí. Pero otra cosa que olvidamos es que esa convocatoria no era arrogancia, sino hospitalidad. La misma hospitalidad con la que Argentina, constitucionalmente, abre sus puertas.
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¿No los veis sobre Méjico y Quito
arrojarse con saña tenaz?
¿Y cual lloran bañados en sangre
Potosí, Cochabamba y la Paz?
¿No los veis sobre el triste Caracas
luto y llanto y muerte esparcir?
¿No los veis devorando cual fieras
todo pueblo que logran rendir?
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Estrofas que le cantan a la libertad de todos los pueblos. México, Ecuador, Bolivia, Venezuela, Uruguay, Perú… Los nombra a conciencia de que la libertad de uno no se no se puede sostener si el de al lado está encadenado. Argentina nació mirando sus hermanos también.
Hoy, de nuevo, es 25 de mayo. Temprano, en la Catedral Metropolitana, el arzobispo García Cuerva le pidió a una clase dirigente que se anime al diálogo, al encuentro, a la reconciliación. Lo hizo en medio de internas gubernamentales que se dirimen en redes sociales, a los insultos, mientras afuera la gente esfuerzos brutales para seguir apostando por un futuro. Doscientos dieciséis años después, nuestro himno resulta ser más honesto que cualquier, pero cualquier, discurso oficial.
Sin embargo, si hay algo que recordar cuando alguien nos plantea que la historia es un accidente y que el presente es una elección personal, es que los pueblos no se someten solos. Necesitan a alguien afuera que empuje y a alguien adentro que abra la puerta.
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A vosotros se atreve ¡argentinos!
el orgullo del vil invasor,
vuestros campos ya pisa contando
tantas glorias hollar vencedor.
Mas los bravos que unidos juraron
su feliz libertad sostener,
a esos tigres sedientos de sangre
fuertes pechos sabrán oponer.
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Los tigres sedientos de sangre no siempre vienen con armas a la vista, pero tampoco sueltan esa premisa retrógrada de que ciertos pueblos, ciertas pieles, ciertas lenguas y ciertas historias valen menos que otras. Enfundados tienen los elogios para quienes vinieron desde lejos dizque a civilizar una civilización que parece no merecer el nombre de mundo, con lenguas que parecen no ser lenguas, con dioses que parecieran no serlo, con una historia que parece empezar sólo cuando ellos llegan.
Un pensamiento que no murió con el virreinato. Que aprendió a hablar de meritocracia, de eficiencia, de orden; a señalar la cultura como un lujo o la educación pública como un gasto, o la memoria como un resentimiento. A mirar a los mayores, a los migrantes, a los cada vez más pobres y a los niños como variables para el ajuste.
Y a convencer a los convencidos de que ese orden les beneficia, cuando sólo son porteros. Los alguien que abren la puerta.
No es un fenómeno argentino. Bolivia lo sabe, Venezuela lo sabe. Aunque lo que saben sea difícil de contar sin que alguien te ubique inmediatamente de un lado o del otro. ¿Cuándo nombrar el sufrimiento de un pueblo significó tomar partido por su gobierno?
En otro continente hay un niño palestino que lleva sobre los hombros el peso de una matanza guerra que no pidió ni entiende, que otros escribieron y de la que algunos se adueñaron. Y nombro niños, porque de pronto dejó de escandalizarnos hablar de adultos, de familias, de vidas. ¿Cuándo empezaron a ser sólo números?
En otro, un gobierno decide quién se muere como elige un guardarropa, mientras predica colonización y una austeridad que sólo visten los de abajo.
En algún lugar de América hay un líder que mira hacia el sur con la misma hambre con la que antes miró hacia el este, y le llama a eso soberanía. Y sí, alguien le está abriendo la puerta desde adentro.
En alguna calle de tu barrio hay por lo menos un niño, jubilado o familia en situación de calle. Y en alguna plaza hay dirigentes casi desconocidos y recién hibernados que, de cara a unas nuevas elecciones, pretenden condicionar el sufragio próximo a cambio de la llegada de recursos, porque para ellos los recursos son premios a la obediencia electoral y no una obligación constitucional.
¿Desde cuándo representar al pueblo es un favor que se nos otorga y no una responsabilidad que se asume?
¿Por qué no preguntamos por qué? ¿Por qué, si alguien pregunta, aparece la grieta? Sí, la grieta. El negadísimo abismo conveniente que hace de cualquier incomodidad una bandera y de cualquier cuestionamiento una trinchera.
Es lo que más cansa, digo. Que estar en contra de la muerte y la violencia te encasille, que señalar el hambre te haga sospechoso de ideología, que pedir que los representantes representen te ponga de un lado, cuando el único lado que debería importar es el de todos.
Qué siesta nos estamos pegando porque saber cansa y el hartazgo cansancio puede ser político y nacional, también. Qué lástima que sea lo que eventualmente nos una como nación. Porque es más fácil mirar para otro lado que mirar lo que tiene que doler y conmover; y más cómodo creer que la historia ya pasó, que reconocer que está pasando ahora, que tiene nombres, direcciones, propiedades, cuentas llenas, causas encajonadas, bastante odio y consecuencias que alguien (o muchos alguien) está pagando mientras nosotros debatimos en las redes y el mundo sigue, porque siempre tiene que seguir. Porque no queda otra.
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El valiente argentino a las armas
corre ardiendo con brío y valor.
El clarín de la guerra cual trueno
en los campos del Sud resonó;
Buenos Aires se pone a la frente
de los pueblos de la ínclita Unión,
y con brazos robustos desgarran
al ibérico altivo León.
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Hay una palabra que el himno no usa pero que sobrevuela las estrofas: cipayo. La usaban para nombrar a los soldados colonizados que peleaban para el imperio que los oprimía. Hoy la usamos más ampliamente y para ellos, los otros, evoca un discurso de odio. El arte es una amenaza, una opinión es una declaración de guerra, la educación es un problema y la salud un sobrante.
Hola, Argentina de 1970.
Con ese democratismo que caracteriza a los insultos rioplatenses, hoy aplicamos esa palabra sin distinción de latitud ni de bandera. Pero la verdad es que escribir desde el odio es fácil y cansa más. Escribir desde la perplejidad, en cambio, es más lento.
Pero dura.
Escribir desde esa perplejidad de leer las estrofas de un himno de doscientos años y encontrar precisiones actuales. La de que haya que seguir explicando, en cada generación que pasa, que los pueblos tienen derecho a gobernarse a sí mismos; que la memoria no es un capricho político, que los que no pueden más también cuentan y que todos tenemos la obligación moral de poner un grano de voz por ellos, que el sol no puede salir sólo para algunos y mucho menos a costa de los que quedan.
El sol sale para todos, desde los revolucionarios de mayo de 1810.
Ojalá algún día no hubiera que seguir aclarándolo.
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San José, San Lorenzo, Suipacha,
Ambas Piedras, Salta y Tucumán,
La Colonia y las mismas murallas
del tirano en la Banda Oriental;
son letreros eternos que dicen:
“Aquí el brazo argentino triunfó”.
“Aquí el fiero opresor de la patria
su cerviz orgullosa dobló”.
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Notas
No es un debate porque no hay debate que dar. Hay cosas más importantes qué cuestionarnos, que el pensamiento de alguien que escribe en la esquina de una plataforma hecha para la expresión. ¡Viva la patria! y viva la revolución.


Very cool! Estuvo interesante leer sobre el himno que conozco pero parece que no conocía
Viva la Argentina por dar la vida a mi bestie.